Primero, miro la fotografía en profundidad.
Antes de realizar cualquier modificación analizo la imagen en su conjunto: iluminación, color, contraste, nitidez, textura, composición y todos aquellos elementos que pueden estar afectando a su resultado.
También presto especial atención al sujeto principal. Su rostro, sus rasgos, sus proporciones, su expresión y todos aquellos detalles que forman parte de su identidad.
No todas las fotografías necesitan lo mismo. Por eso no aplico un proceso idéntico a todas ellas.
Primero entiendo la imagen. Después decido cómo trabajarla.

Cada detalle importa. Una vez analizada la fotografía comienza el proceso de edición, retoque o restauración.
Trabajo de forma minuciosa y artesanal, dedicando a cada zona de la imagen el tiempo que necesita. No busco simplemente que la fotografía parezca «mejor», sino que cada modificación tenga un propósito y se integre de forma natural en el conjunto.
La luz, el color, las texturas, las sombras y los pequeños detalles se trabajan de manera independiente cuando es necesario, siempre buscando mantener la coherencia de la fotografía.
Prefiero una intervención precisa a una transformación evidente.
La persona sigue siendo la misma.
Una fotografía puede mejorar sustancialmente sin cambiar a la persona que aparece en ella.
No modifico los rasgos del rostro, la expresión, las proporciones ni la anatomía del sujeto para hacerlo parecer otra persona.
Cuando retoco un retrato, mi intención es corregir aquello que perjudica a la fotografía, no crear una versión diferente de quien aparece en ella.
El retoque debe mejorar la imagen, no sustituir la realidad.
La fotografía marca el camino.
No intento imponer un estilo determinado a todas las imágenes.
Una fotografía antigua no necesita parecer una fotografía moderna. Un retrato no necesita convertirse en una imagen artificialmente perfecta. Y una fotografía con carácter no debería perderlo para conseguir un resultado técnicamente impecable.
Adapto el tratamiento a la fotografía original, respetando su época, su iluminación, su textura, su color y su personalidad.
El resultado final debe pertenecer a la fotografía, no al retoque.
Que el retoque no sea el protagonista.
Busco que las mejoras sean evidentes en el resultado, pero discretas en su ejecución.
Una piel demasiado perfecta, una iluminación imposible o unos colores excesivamente intensos pueden hacer que una fotografía pierda credibilidad. Por eso procuro mantener las pequeñas imperfecciones y características que hacen que una imagen resulte real.
Mi objetivo es que el espectador perciba una fotografía mejor, no una fotografía excesivamente retocada.
La mejor edición es aquella que mejora la imagen sin hacerse notar.
Antes de entregar, vuelvo a mirar.
Cuando el trabajo está terminado, vuelvo a revisar la fotografía en su conjunto.
Compruebo que los diferentes ajustes estén equilibrados, que no haya modificaciones que llamen innecesariamente la atención y, especialmente, que el sujeto conserve exactamente aquello que lo identifica.
Solo cuando el resultado mantiene ese equilibrio considero terminado el trabajo.
Cada imagen requiere un tratamiento único según su estado de conservación y el nivel de intervención necesario para dejarla a su gusto.
Tarifa base por unidad:
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